El retorno del hiperrealismo europeo

El hiperrealismo es un género de pintura y escultura que se asemeja a una fotografía de alta resolución que surgió simultáneamente en Europa y Norteamérica a finales de la década de 1960.

Mientras que el hiperrealismo francés fue objeto de numerosas publicaciones en el momento de su explosión a finales de los años sesenta y principios de los setenta, se hizo virtualmente imposible encontrar un artículo, revista o libro de entonces que tratara el tema de manera exhaustiva.

Como si hubiera sido una manifestación espasmódica de la moda tan rápidamente olvidada como aparecía. Es cierto que este movimiento es difícil de integrar.


Probablemente porque no había logrado dejar claro en los años setenta que era algo más que una moda, el hiperrealismo quedó relegado al olvido del arte contemporáneo. Las noticias recientes de varios eventos han proporcionado la base para una posible relectura.

La exposición “Hipermental” en Zurich fue la primera en presentar pinturas hiperrealistas en Europa, seguida de otros eventos, siendo el más emblemático de ellos la exposición “Hyperrealism USA 1965-1975” presentada en el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Estrasburgo.

La mayoría de los pintores que iniciaron este movimiento continuaron, enriquecieron y a menudo diversificaron su obra, transmitida por una o dos generaciones de nuevos artistas, a veces agrupados bajo la bandera del neo hiperrealismo.


La crítica ha tenido una mirada condescendiente a este movimiento y a sus pintores, sin haberlos estudiado de ninguna otra manera, y esta cuestión de la especificidad o de la posible cualidad nacional sigue sin resolverse.

Si bien es arriesgado pretender extraer una lección general de la presentación de las obras de unos pocos artistas, esta exposición tiene el mérito de proponer algunas lecciones, que sirven de base para la reflexión.

En primer lugar, ninguno de los pintores presentes cultivaba el estilo “universal”, signo de una renovación internacional del lenguaje artístico, pero los problemas artísticos propuestos no pretenden reivindicar ninguna identidad nacional.


De hecho, el espectador se enfrenta más bien a propuestas con contenido no unificado, un amplio espectro de contenidos que se dirigen a los problemas de la forma y la luz (R. Bowen), el realismo mágico (P. Barraya, J. Bodin) o el problema de la máquina (F. Bricq).

Para algunos, éste será el medio para verificar una vez más que la globalización comienza a influir el arte, un fenómeno que se produce de manera natural en nuestro tiempo, mientras que todo circula y se duplica según el principio de remezcla, este artificio de las esferas culturales que cada día se hace más y más universal.


Y a este retorno del hiperrealismo, de una magnitud y fuerza poco comunes, no le falta el aliento en toda Europa. En España tenemos a pintores hiperrealistas como el joven Fernando Pérez Beltrán.

Una de sus obras, de una fuerza expresiva inusitada, es una serie de naturalezas muertas con objetos cotidianos de marcado carácter metálico. En la número 7 de la serie se representa el mecanismo de una caja fuerte que haría las delicias de cualquier cerrajero fichet profesional.

Está claro que aún tenemos mucho que ver en este género y que figuras como del hiperrealista manchego Antonio López han dejado una herencia que perdura y que florece con el tiempo.